Capítulo 3: Conocimiento y evaluación de las amenazas

Objetivo

Obtener un conocimiento detallado de las amenazas y de cómo responder ante ellas

Evaluación de las amenazas: cómo entenderlas en profundidad.

La represión contra los defensores de los derechos humanos se basa sobretodo en la psicología. Las amenazas son una moneda común para hacer que los defensores se sientan vulnerables, ansiosos, confusos e impotentes. En última instancia, la represión también pretende resquebrajar las organizaciones y hacer que los defensores pierdan la confianza en sus dirigentes y compañeros. Por ello los defensores tienen que “hilar fino” para conseguir un manejo cuidadoso de las amenazas al tiempo que intentan mantener una adecuada sensación de seguridad en el trabajo diario. Este es también el principal objetivo de este capítulo.

En el Capítulo 2, definimos las amenazas como “la posibilidad de que alguien dañe la integridad física o moral o la propiedad de otra persona a través de una acción intencionada y a menudo violenta”. También hablamos sobre posibles amenazas (cuando un defensor cercano a tu trabajo es amenazado y sospechas que tu podrías ser el siguiente), y amenazas declaradas (recibir una amenaza de muerte, por ejemplo). Ahora estudiaremos cómo manejar las amenazas declaradas.

Una amenaza declarada es una declaración o el indicio de una intención de infligir daño, castigar o herir, normalmente con la intención de lograr algo. Los defensores de los derechos humanos reciben amenazas debido al impacto que tiene su trabajo, y la mayoría de las amenazas tienen como objetivo o bien paralizar lo que esté haciendo el defensor o bien forzarlo a que haga algo (u otra cosa).

Una amenaza siempre tiene un origen, es decir, la persona o grupo que se ha visto afectado por la labor del defensor y que articula la amenaza. La amenaza también tiene un objetivo que está vinculado al impacto de la labor del defensor, y una forma de expresión, es decir, cómo llega al defensor.

Las amenazas son complicadas. Podríamos afirmar con cierta ironía que las amenazas son "ecológicas", porque pretenden obtener el mayor resultado con la menor inversión de energía. Una persona que amenaza elige amenazar antes que entrar en acción – una mayor inversión de energía. ¿Por qué? Existen varias razones, y merece la pena enumerarlas:

  • La persona que amenaza tiene la capacidad de actuar pero le preocupa en cierto modo el coste político de actuar abiertamente contra un defensor de los derechos humanos. Las amenazas anónimas pueden producirse por la misma razón.
  • La persona que amenaza tiene una capacidad limitada de actuación y pretende lograr el mismo objetivo escondiendo su falta de capacidad tras una amenaza. Esta capacidad limitada podría ser sólo temporal debido a otras prioridades, o permanente, pero en ambos casos la situación podría cambiar y conducirle más adelante a llevar a cabo una actuación directa contra el defensor.

Una amenaza es una experiencia personal, y siempre produce un efecto. O, en otras palabras, las amenazas siempre afectan a la gente de una manera u otra. En una ocasión un defensor afirmaba que “las amenazas logran ejercer algún efecto, incluso el simple hecho de que estemos hablando sobre ellas”. De hecho, cualquier amenaza puede causar un doble impacto: emocionalmente y en términos de seguridad. Aquí nos concentraremos en la seguridad, pero no deberíamos olvidar el aspecto emocional de toda amenaza.

Sabemos que la amenaza suele estar relacionada con el impacto de nuestro trabajo. Por lo tanto, la amenaza representa un indicador de cómo el trabajo está afectando a otra persona. Vista bajo esta perspectiva una amenaza representa una fuente de información muy valiosa, y debería ser analizada cuidadosamente.

“Lanzar” una amenaza o “representar de hecho” una amenaza

Son muchas las razones por las que algunos individuos amenazan a los defensores de los derechos humanos, y sólo algunos tienen la intención o capacidad de llevar a cabo una acción violenta. Sin embargo, algunos individuos pueden suponer una seria amenaza sin ni tan siquiera llegar a articularla. Esta distinción entre lanzar y representar de hecho una amenaza es importante:

  • Algunas de las personas que lanzan una amenaza representan de hecho al final una amenaza;
  • Muchas de las personas que lanzan amenazas no representan una amenaza;
  • Algunas personas que nunca lanzan amenazas sí representan de hecho una amenaza.

Una amenaza solo será creíble si la persona que la lanza tiene la capacidad de actuar contra ti - la amenazadebe mostrar un mínimo nivel de fuerza o poseer un elemento amenazador pensado para provocar el miedo.

La persona que se esconde detrás de una amenaza puede demostrar su capacidad de actuación muy fácilmente, colocando por ejemplo una amenaza escrita en el interior de un coche cerrado, aunque lo hayas dejado aparcado tan sólo unos minutos, o llamándote justo en el momento en el que acabas de llegar a casa, haciéndote saber que estás siendo vigilando.

Pueden intentar asustarte añadiendo elementos simbólicos en las amenazas, enviándote por ejemplo una invitación a tu propio funeral o colocando un animal muerto en el portal de tu casa o sobre tu cama.

Muchas amenazas representan una combinación de las características mencionadas. Es importante poder distinguirlas, porque algunas de las personas que envían amenazas fingen disponer de la capacidad de actuación utilizando elementos simbólicos o que causan miedo.

Cualquier persona puede poner una amenaza pero no todas suponen una amenaza.

En fin de cuentas, lo que es necesario es saber si la amenaza se puede llevar a cabo. El enfoque será completamente diferente si llegas a la conclusión razonable de que no es probable, que si sospechas que la amenaza podría ser real.

Por ello los dos objetivos principales a la hora de evaluar una amenaza son:

  • Obtener toda la información posible de la razón y el origen de la amenaza (ambos estarán relacionados con el impacto de tu trabajo);
  • Alcanzar una conclusión racional sobre si la amenaza puede ser llevada a cabo o no.

Cinco pasos para evaluar una amenaza

1. Determinar los hechos que rodean la(s) amenaza(s). Es importante saber lo que ha ocurrido exactamente. Esto se puede saber mediante entrevistas o interrogando a las personas clave, y en ocasiones a través de informes relevantes.

2. Determinar si existe una pauta de amenazas a través del tiempo. Si se reciben varias amenazas sucesivas (como es el caso habitual) es importante examinar las pautas o patrones que puede haber, tales como los medios utilizados para amenazar, el momento en el que las amenazas aparecen, los símbolos, la información pasada por escrito o verbalmente, etc. No siempre es posible establecer dichos patrones, pero son importantes a la hora de realizar una buena evaluación de la amenaza.

3. Determinar el propósito de la amenaza. En vista de que la amenaza suele tener un claro propósito relacionado con el impacto del trabajo, es posible que siguiendo el hilo conductor de ese impacto se pueda establecer qué pretende conseguirse con la amenaza.

4. Determinar quien está detrás de la amenaza. (Para ello es necesario haber seguido previamente los tres primeros pasos.) Hay que intentar ser lo más específicos posible. Por ejemplo, puede sostenerse que es “el gobierno” quien está amenazando. Pero, teniendo en cuenta que todos los gobiernos son un actor complejo, sería conveniente descubrir qué parte del gobierno está tras las amenazas. Las “fuerzas de seguridad” o los “grupos guerrilleros” son también actores complejos. Hay que recordar que también una amenaza firmada puede ser falsa: ésta podría ser una buena táctica por parte de quien amenaza para evitar los costes políticos y lograr de todas formas el objetivo de provocar miedo a un defensor e intentar impedir que éstesiga con su trabajo.

5. Llegar a una conclusión racional sobre si la amenaza puede o no llevarse a cabo. La violencia es condicionante. Nunca se puede estar completamente seguros de si una amenaza se llevará – o no – a cabo. Los defensores no son “adivinos” y no pueden pretender saber qué va a ocurrir. Sin embargo, se puede llegar a una conclusión racional sobre si una amenaza en concreto podría llevarse a cabo. Puede que no se haya obtenido suficiente información sobre la amenaza a través de los cuatro pasos previos y por lo tanto no se consiga llegar a una conclusión. También puede llegarse a diferentes conclusiones sobre la definición de una amenaza “real”. En todo caso, hay que proceder basándose en el peor de los casos.

Por ejemplo: Un defensor de los derechos humanos ha recibido varias amenazas de muerte. El grupo analiza las amenazas y llega a dos conclusiones opuestas, ambas basadas en buenos razonamientos. Algunos opinan que la amenaza es completamente falsa, mientras que otros ven algunas señales preocupantes sobre su gravedad. Al final de la reunión, el grupo decide basarse en el peor de los casos, es decir considerar que la amenaza es viable, y tomar las medidas de seguridad necesarias.

Esta evaluación de amenaza pasa de unos hechos sólidos (paso numero1) a un razonamiento cada vez más especulativo: el segundo paso requiere ya una interpretación de los hechos, lo que nos lleva a los pasos 3, 4 y 5. Existen buenos motivos para seguir el orden de los pasos. Si pasáramos directamente del segundo al cuarto paso, por ejemplo, perderíamos la información más sólida proveniente de los pasos previos.

Mantenimiento y cierre de un caso de amenaza

Una amenaza genera alarma en un grupo de defensores, pero suele ser difícil mantener esta percepción de alarma hasta que ceda la amenaza. Teniendo en cuenta la constante presión externa a la que están sometidos los defensores por su labor, si la organización hiciera sonar las campanas de alarma demasiado a menudo el grupo podría perder interés y bajar la guardia.

Sólo debería activarse la alarma de un grupo cuando existieran evidencias inequívocas y debería destinarse a prevenir un posible ataque.. La alarma sirve entonces para motivar a los miembros del grupo a actuar, y exigir que se realicen una serie de actuaciones específicas. Para ser efectiva, una alarma debería sólo estimular la motivación a un nivel moderado: Uno demasiado bajo no activa la reacción de la gente y uno demasiado alto crea una sobrecarga emocional. Si cabe la posibilidad de que la amenaza se prolongue a través del tiempo, es primordial, una vez activada la alarma inicial, dar el necesario seguimiento a la amenaza y reforzar la confianza del grupo cuando sea necesario.

Para finalizar, si la amenaza no se materializa, es necesario proporcionar algún tipo de explicación del por qué, y el grupo debe ser informado cuando la amenaza disminuya o desaparezca por completo.

Un caso de amenaza puede cerrarse cuando se estime que el atacante potencial ya no supone una amenaza. Antes de cerrar un caso, y para asegurarse de estar en lo cierto, hay que comprobar primero si es posible explicar el por qué se puede cerrar de hecho el caso. También hay que preguntarse qué posibles circunstancias podrían empujar al individuo o actor responsable de las amenazas a repetirlas o a llevar a cabo un ataque directo.

Reacción a las amenazas en relación a la seguridad

  • Una amenaza puede ser considerada como un incidente de seguridad. Para más información sobre cómo responder a los incidentes de seguridad, véase Capítulo 4.
  • Tras la evaluación de unas amenazas declaradas podrías estimar que corres el riesgo de ser atacado. Véase Capítulo 5, sobre la prevención de ataques.